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Cada pareja es una danza

Ahora que nos acercamos a celebrar el Día de los Enamorados, he vuelto a leer a dos autores que me gustan mucho. Por las profundas reflexiones que aportan a este concepto de «ser pareja». Muchas veces se nos olvida que, para estar bien en pareja, debemos empezar por ser nuestras propias amantes. Trabajar con nuestra pareja interna y con el amor propio para saber qué es lo que deseamos. Cuáles son nuestros límites de cuidado propio, y así abrirnos al otro plenamente (y siendo plenas), no desde la necesidad de que alguien nos complete. Entonces empieza una danza…

Dice Jorge Bucay en su libro Amarse con los ojos abiertos que cada pareja es como un tango. El tango es una danza de pareja abrazada con un abrazo que es contención, no estrujamiento.

Abrazar es dar con los brazos abiertos y el que da con los brazos abiertos recibe con todo el cuerpo. Así unidos, los dos integrantes se desplazan en el espacio, pero no es un espacio cualquiera. Al contrario, es un espacio creado por los dos.

El tango niega las matemáticas porque uno más uno, no son dos, sino uno, que es la pareja, porque son él, ella y un tercer volumen. Uno o tres, ¡pero nunca dos!

Es un verdadero diálogo corporal y amoroso. Donde los dos manejan la autodeterminación y donde también hay momentos de silencio. Un silencio que necesariamente forma parte del diálogo, que lo enriquece si quieren, pero nunca lo anula.

En este diálogo, los dos pueden proponer, porque aunque uno tome la iniciativa del primer movimiento, según como sea la respuesta, ya sea por velocidad, amplitud o dirección, es el siguiente movimiento.

Por eso hay que aprender a vivir el error como posibilidad de enriquecimiento.
 
Si esto no hubiese sido así, el tango no existiría. No deben enojarse ante un fallo: busquen el contacto con el otro e intenten crear juntos.

Finalmente, el tango también es una forma de autoconocimiento. Porque así como en nuestra vida de relación (ya sea como amiga, amante o madre) conozco mi calidad de tal a partir del otro. En el tango puedo ser una protectora o una protegida. Una dominadora o una dominada. Puedo ser infinitamente tierna, violenta, o tal vez la mezcla de todo eso. Y mi pareja está ahí para mostrármelo.

Esto que planteo no es fácil, pero sólo cuando lo entiendan podrán bailar. Y, además, de una manera distinta cada día. A veces con violencia, otras con ternura, otras con verdadero éxtasis, pero seguro que no interrumpirán la danza.

La escucha profunda de uno mismo y del otro, y la flexibilidad son la clave para una buena danza. Joan Garrida, en su libro El buen amor en la pareja, añade: «Cuando más flexibilidad haya en la danza de la pareja, cuánta más riqueza en sus pautas de interacción, mucho mejor. Hay parejas que, aún habiendo miles de pasos disponibles, siempre danzan la misma danza: uno grita y el otro calla, uno grita y el otro obedece, uno está triste y el otro está alegre, y se acabó el repertorio. Ésta es la pauta conocida. Qué bonito cuando uno pueda estar triste y el otro alegre y contener la fragilidad de uno y a la semana siguiente puede ser al revés; qué bonito cuando uno a veces puede sentirse como un niño desanimado por un día, y el otro ser fuerte y contenedor y la otra semana al revés; qué bonito cuando uno puede ser expansivo y tener ganas de relaciones sociales y el otro no, y la semana siguiente o al día o la hora siguiente es al revés. Cuando hay mucha flexibilidad en los roles, entonces la pareja es muy rica. Cuantas más danzas y pasos de baile danzan, más felicidad en la pareja».

Aquí te dejo el enlace a un vídeo que a mi me inspira muchísimo en este tema en concreto. Si has participado en alguno de mis talleres, seguro lo hemos bailado.

Si te apetece profundizar en este tema, te espero en el taller «El buen amor en la pareja: las nuevas constelaciones familiares», que impartirá Beatriz Buesa el fin de semana del 3 al 4 de marzo, en La Casa de la Piedra (Murcia).

Cada pareja es una danza

Rosa Mística

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